Un año de la tragedia de Maturín: la noche en que el sueño mundialista se convirtió en pesadilla

9 de septiembre de 2025. Monumental de Maturín. Venezuela 3-6 Colombia.

Ha pasado un año y todavía cuesta escribirlo.

Porque hay derrotas que se pierden en la estadística, partidos que se olvidan cuando comienza una nueva temporada y goleadas que simplemente quedan como una mancha más en la historia.

Y después está aquella noche.

La noche en que Venezuela tuvo el Mundial al alcance de la mano, necesitaba apenas cerrar una eliminatoria que durante largos meses había alimentado el sueño de todo un país y terminó viendo cómo seis goles colombianos enterraban, de golpe, la ilusión de toda una generación.

Un año después, la herida sigue abierta.

Y no parece que vaya a cerrar pronto.

La eliminatoria que parecía hecha para nosotros

Nunca Venezuela había tenido un escenario tan favorable para intentar llegar a un Mundial.

La ampliación de cupos sudamericanos para 2026 convirtió el camino en una oportunidad histórica: seis selecciones clasificaban directamente y la séptima tendría el derecho de disputar el repechaje intercontinental.

Ya no hacía falta una hazaña.

Ya no había que dejar en el camino a Brasil, Argentina, Uruguay o Colombia para conseguir el boleto.

Ni siquiera había que terminar entre los seis primeros.

Había una puerta adicional.

El repechaje.

Y hasta esa palabra terminó adquiriendo un significado particular.

Porque Venezuela no estaba peleando por el Mundial directamente. Estaba peleando por la posibilidad de pelear por el Mundial.

Y aun así no pudo.

Después de 18 jornadas, la Vinotinto terminó octava con 18 puntos. Bolivia, con 20, se quedó con el séptimo puesto y el boleto al repechaje.

La historia pudo haber sido diferente.

Pero Venezuela volvió a quedarse mirando el tren desde el andén.

Primero se rompió la confianza

El ciclo de Fernando Batista había comenzado después de una salida de José Pékerman que dejó demasiadas preguntas alrededor de la selección y de la estructura que la rodeaba.

Pékerman había llegado cargado de prestigio y expectativas. Pero su etapa terminó abruptamente en marzo de 2023, en medio de cuestionamientos y de una ruptura que dejó más dudas que certezas.

Batista, que había formado parte de aquel cuerpo técnico, tomó las riendas.

Y durante un tiempo parecía que funcionaba.

La Vinotinto comenzó a ganar, aparecieron jóvenes, llegaron resultados importantes y la Copa América 2024 volvió a alimentar una ilusión que parecía legítima. Eso sí, en el Torneo ya se veía el declive.

Aún así, Venezuela podía competir.

Venezuela podía soñar.

Venezuela podía, finalmente, ir al Mundial.

Pero poco a poco el fútbol empezó a decir otra cosa.

El equipo perdió contundencia. Aparecieron actuaciones pobres. La selección comenzó a generar dudas. Y aquella luna de miel que había acompañado al entrenador argentino empezó a convertirse en una relación mucho más incómoda con la afición y con parte de la prensa.

El problema es que el discurso siguió siendo optimista.

Y mientras el fútbol se llenaba de dudas, alrededor de la Vinotinto se construía una especie de burbuja.

El marketing de una selección que todavía no había conseguido nada

El ciclo Batista tuvo algo que pocos ciclos anteriores habían conseguido: una enorme maquinaria de marketing alrededor de la selección.

La Vinotinto estaba en todas partes.

Campañas, contenido, videos, promociones, mensajes de esperanza, símbolos, homenajes.

La selección dejó de ser solamente un equipo de fútbol.

Se convirtió también en un producto.

Y eso no necesariamente es malo.

El problema aparece cuando la imagen comienza a caminar mucho más rápido que la realidad.

Porque Venezuela todavía no había clasificado a un Mundial.

Ni siquiera había llegado al repechaje.

Y, sin embargo, alrededor del equipo se construyó una atmósfera que por momentos parecía olvidar que todavía quedaba lo más importante: jugar y ganar los partidos que había que ganar.

Llegó incluso una escena que, vista un año después, adquiere un significado casi trágico.

Antes de comenzar el partido, cuando los jugadores salieron a calentar, se les hizo un pasillo.

Una imagen de respaldo, entusiasmo y celebración anticipada.

El ambiente era el de una nación convencida de que estaba a punto de dar el paso que llevaba décadas esperando.

Pero aquella noche el fútbol tenía preparado otro guion.

Una burbuja cada vez más grande

Mientras el entusiasmo crecía, también comenzó a hacerse evidente una dinámica peligrosa.

El entorno de la selección parecía tener cada vez menos espacio para la crítica.

Se llenaron espacios con influencers, figuras mediáticas y voces dispuestas a acompañar el discurso oficial, mientras quienes cuestionaban, advertían o simplemente expresaban preocupación por el rendimiento deportivo quedaban cada vez más apartados.

No era necesario estar en contra de la Vinotinto.

Al contrario.

Precisamente porque se quería que Venezuela llegara al Mundial, había razones para señalar las fallas.

La crítica no significaba desear el fracaso.

La crítica significaba advertir que algo no estaba funcionando.

Pero en aquella burbuja parecía más cómodo rodearse de aplausos que escuchar las preguntas incómodas.

Y el fútbol, tarde o temprano, siempre termina cobrando las cuentas.

Y comenzó como un sueño

MINUTO 3

Telasco Segovia.

Gol.

Venezuela 1-0 Colombia

El Monumental explotó.

Quizás muchos pensaron que finalmente había llegado ese momento que tantas veces se había escapado.

Después de tantos años de frustraciones, de eliminaciones, de generaciones que se quedaron a las puertas…

Quizás esta vez sí.

Pero Colombia empató.

Y Venezuela volvió a golpear.

Josef Martínez puso el 2-1.

Otra vez la ilusión.

Otra vez el estadio rugiendo.

Otra vez el Mundial parecía estar un poco más cerca.

Hasta que apareció Luis Javier Suárez.

El colombiano empató antes del descanso.

Y después comenzó el desastre.

45 minutos para destruir 700 días de ilusión

SEGUNDO TIEMPO

MINUTO 50

Luis Suárez.

2-3

MINUTO 59

Luis Suárez.

2-4

MINUTO 67

Luis Suárez.

2-5

Cuatro goles del delantero colombiano.

Cuatro golpes.

Cuatro puñaladas.

Venezuela pasó de estar soñando con el repechaje a mirar el marcador y preguntarse cómo demonios había llegado hasta allí.

Salomón Rondón consiguió descontar al 76′.

3-5

Durante unos segundos apareció una última esperanza.

Pero duró exactamente dos minutos.

Jhon Córdoba puso el 3-6 definitivo.

Y se acabó.


No hubo milagro.

No hubo remontada.

No hubo repechaje.

No hubo Mundial.


Y mientras Maturín se derrumbaba, Bolivia celebraba

Pero la tragedia venezolana tenía un capítulo todavía más cruel.

No bastaba con perder.

Había que esperar qué sucedía en Bolivia.

Y Bolivia hizo lo que Venezuela no pudo.

Venció 1-0 a Brasil.

Miguel Terceros marcó desde el punto penal y Bolivia se quedó con el séptimo lugar y el último boleto disponible para el repechaje.

Así terminó todo.

Venezuela octava.

Bolivia séptima.

Una selección que había estado tan cerca del sueño quedó fuera incluso de la posibilidad de jugarse la vida en un repechaje.

Y entonces apareció una de esas imágenes que el fútbol venezolano difícilmente olvidará.

Mientras unos lloraban en Maturín, otros celebraban a miles de kilómetros.

El Mundial seguía vivo.

Pero no para nosotros.

La noche que también terminó con Batista

Después del partido llegó otro episodio que terminó de incendiar la noche.

Fernando Batista apareció ante los medios, pero no aceptó preguntas. Su intervención duró apenas alrededor de un minuto.

Poco después, la FVF anunció el final de su ciclo.

El entrenador había llegado en 2023 con la misión de llevar a Venezuela a su primer Mundial.

No lo consiguió.

Y la eliminación ante Colombia fue el punto final.

Un año después, la pregunta sigue siendo la misma

¿Qué pasó?

¿Fue Batista?

¿Fue la FVF?

¿Fue la presión?

¿Fue la falta de jerarquía?

¿Fue una generación que no supo manejar el momento?

¿Fue exceso de confianza?

¿Fue todo junto?

Probablemente sí.

Porque sería demasiado cómodo echarle toda la culpa a un entrenador.

La derrota 3-6 no comenzó a escribirse en el minuto 42 cuando Luis Suárez marcó el empate.

Comenzó mucho antes.

En una eliminatoria en la que Venezuela tuvo oportunidades para asegurar algo más.

En partidos donde dejó puntos.

En decisiones cuestionables.

En actuaciones que fueron generando dudas.

En una estructura que durante años ha tenido enormes problemas para convertir ilusión en resultados.

Y también en una cultura futbolística que, en ocasiones, parece celebrar el camino antes de llegar a la meta.

¿Y quién responde por todo aquello?

Quizás una de las cosas más llamativas de mirar aquella noche con un año de distancia es que el fracaso tuvo muchas caras, pero la responsabilidad parece haberse ido diluyendo con el tiempo.

El entrenador se fue.

Los jugadores siguieron sus carreras.

La selección cambió de página.

Pero las decisiones que llevaron hasta aquella noche no desaparecieron con el pitazo final.

Y mientras se buscan explicaciones en el terreno de juego, resulta inevitable preguntarse qué ocurrió fuera de él.

Porque una selección nacional no se construye solamente con once futbolistas.

Hay dirigentes, estructuras, decisiones, planificación, comunicación y un entorno que también tiene responsabilidades.

El 3-6 tuvo un responsable inmediato: el equipo que no pudo ganar.

Pero reducir aquella tragedia exclusivamente a los futbolistas sería demasiado fácil.

Y quizás por eso, un año después, la sensación es extraña.

Como si el fracaso hubiera ocurrido, todos hubieran pasado la página y nadie tuviera que rendir cuentas por el camino que condujo hasta allí.

La herida sigue ahí

Quizás lo más doloroso no sea haber perdido 3-6.

Lo más doloroso es saber que aquella generación estuvo realmente cerca.

Porque por primera vez Venezuela no parecía estar soñando con algo imposible.

Estaba ahí.

A un partido.

A una clasificación.

A un repechaje.

A dos pasos de romper la maldición.

Y lo perdió todo en 90 minutos.

Por eso un año después aquella noche todavía pesa.

Todavía duele.

Todavía genera preguntas.

Todavía provoca arrechera.

Y todavía hay venezolanos que, cuando recuerdan aquel 3-6, sienten que el Mundial se les escapó de las manos.

Quizás algún día esta historia tenga otro final.

Quizás algún día Venezuela juegue un Mundial y aquel partido contra Colombia sea simplemente una vieja cicatriz.

Pero hoy no.

Hoy sigue siendo la noche de Maturín.

La noche del 3-6.

La noche del póker de Luis Suárez.

La noche en que Bolivia ganó mientras Venezuela se hundía.

La noche del pasillo.

La noche de las ilusiones rotas.

La noche en que el sueño mundialista murió a pocos metros de la orilla.

 

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